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Historia de los Elfos Silvanos

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Orion Black
Los escritos dicen que hace más de ocho mil años que los longevos y gráciles Elfos viven sobre la faz de su amada isla de Ulthuan. Durante este tiempo han explorado gran parte del mundo de Warhammer, han abandonado en barco su hogar y han descubierto muchos nuevos y extraños lugares. Pasaron miles de años hasta que encontraran una costa digna de ser colonizada, puesto que su exuberante isla natal les proporcionaba todo lo que pudieran necesitar. De hecho, no empezaron esta búsqueda hasta que Ulthuan fuera profanada por las fuerzas del Caos y el primer rey fénix, Aenarion, el más bravo guerrero que jamás haya pisado la faz de la tierra, murió. 

Durante el reinado del Rey Fénix Bel Shanaar, que gobernó Ulthuan más de cuatro mil años antes del nacimiento del héroe humano llamado Sigmar, los Elfos empezaron a colonizar el mundo. Mientras los bárbaros ancestros de los humanos luchaban aún entre sí, los Elfos se convirtieron en los dueños indiscutibles de los océanos. Sus elegantes barcos de blanco velamen surcaban los mares de parte a parte. Cartografiaron los océanos y las tierras y establecieron infinidad de asentamientos. La mayor concentración de colonias se encontraba en una tierra que ellos habían llamado Elthin Arvan y que más tarde las jóvenes razas pasarían a conocer como el Viejo Mundo. Establecieron contactos con los Enanos y así dio comienzo una gran era de comercio y amistad entre las dos razas. 

Los Elfos construyeron delicadas torres de mármol y oro en las tierras que con el tiempo pasarían a llamarse Bretonia, el Imperio y Kislev. Muchos de los colonos crearon un fuerte lazo con sus nuevos hogares, contentos de tener una nueva oportunidad para empezar y poder olvidar así los conflictos y la infelicidad que había asolado Ulthuan en el anterior milenio, y empezaron a recuperarse de los horrores de los que habían sido testigos cuando el Caos asoló su justa isla. Aunque la inmensa mayoría de los Elfos mantenía contactos con Ulthuan incluso después del paso de milenios, las generaciones de Elfos nacidas en Elthin Arvan no sentían el lazo con su ancestral hogar. Cuando el Caos volvió a golpear Ulthuan, esta vez representado por el Culto del Placer, muchos fueron los Elfos que retornaron a la isla; aunque ciertas facciones pensaban que poco tenía que ver el rey fénix con sus vidas actuales y sus integrantes se internaron tierra adentro.

Athel Loren.Editar sección

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Fueron estos Elfos los primeros que encontraron el extraño y aterrador bosque que se extendía desde las faldas de las Montañas Grises y las Cuevas. El bosque estaba lleno de todo tipo de vida y los Elfos se sentían observados en todo momento. Por las noches veían extrañas luces bailando en la oscuridad y gigantescas formas moviéndose en los límites de los claros. Los Elfos, intrigados por lo que veían, decidieron internarse en el siniestro bosque, pero sus intentos se veían frustrados una y otra vez. 

En tres ocasiones enviaron los Elfos expediciones al interior del bosque, cada una de ellas compuesta por unos mil guerreros. De la primera de las expediciones tan solo retomaron unos setecientos Elfos, que volvieron unas horas después de su partida hablando de varias jornadas de infructuoso viaje entre claros que cambiaban de forma y sendas circulares. La segunda expedición desapareció sin dejar rastro. De la tercera expedición tan solo volvió una Elfa; su cara estaba pálida y surcada por las arrugas y su cuerpo lacerado y ensangrentado. Murió un día más tarde, enloquecida por los sueños que tenía. Resultaba evidente que aquel lugar percibía a los Elfos como una amenaza y que se estaba oponiendo activamente a su intento de que establecieran en él su residencia. Los Elfos comprendieron que el bosque era una entidad viva y mágica que se resistiría a aceptar a todo aquel que le resultara una amenaza. 

Los Elfos pusieron al bosque el nombre de Athel Loren. Se retiraron a las afueras y colocaron una serie de monolitos mágicos en sus lindes. Aun así, algunos Elfos desaparecían de tanto en cuanto al internarse en el bosque atraídos por las bellas y fantasmagóricas ninfas. A pesar de ello, en general el bosque parecía tolerar a los Elfos, siempre y cuando no se adentrasen en su sombría espesura. Pero los Elfos se sentían inexplicablemente atraídos por Athel Loren y aprendieron a tratarlo con gran respeto. 

La Secesión.Editar sección

La Secesión
Lejos de allí, no obstante, amanecía una era de tragedia y resentimiento. El Rey Fénix Bel Shanaar halló la muerte tras ser deshonrado por las maquinaciones del corrupto príncipe Malekith que, en secreto, deseaba el Trono del Fénix para sí. La locura de Malekith se hizo pública después de que resultase horriblemente desfigurado al intentar demostrar su valía para el trono entrando voluntariamente en las llamas sagradas de Asuryan. Los nobles elfos se enfrentaron a él y lo expulsaron junto con sus seguidores a su tierra natal de Nagarythe, al norte de Ulthuan. Se eligió un nuevo rey fénix y se llevó a cabo una sangrienta campaña contra Malekith (cuyo corazón estaba podrido por el odio) y sus seguidores. Esta es la época conocida como la Secesión, una época de divisiones en la que millones de Elfos perdieron la vida y la nación elfa se quebró en pedazos. Los Elfos se convirtieron en dos facciones muy diferentes: la de los Elfos Oscuros y la de los Altos Elfos. Los primeros hicieron pactos con los demonios y destruyeron, literalmente, el reino de Ulthuan; cuartearon las tierras con la magia oscura y crearon las arcas negras, fortalezas flotantes desde las que lanzaban sus ataques. Los Elfos Oscuros, embriagados por la amargura y el odio, abandonaron Ulthuan y navegaron hasta Naggaroth tras jurar mantener viva por siempre la llama de la enemistad. 

La Guerra de la Barba.Editar sección

WarOfTheBeard
Pero en los siglos posteriores llegarían a acontecer mayores conflictos, cuando la ruptura de la relación entre los cada día más arrogantes Altos Elfos de Ulthuan y los codiciosos Enanos dio paso a otra guerra. Los Altos Elfos llamaron a esta guerra la de la Barba y fueron los Elfos que vivían en el Viejo Mundo los que tuvieron que soportar la crudeza de los combates. Muchos Elfos del Viejo Mundo no veían con buenos ojos esta guerra, provocada por el nuevo rey fénix, Caledor Segundo, que se encontraba muy tranquilo a kilómetros de distancia en su isla de Ulthuan. Los magníficos ejércitos de Ulthuan atracaron en los puertos élficos para enfrentarse a sus enemigos y el rey fénix ordenó a los Elfos de Elthin Arvan que luchasen para él. Y, aunque así lo hicieron muchos, los que vivían en los lindes de Athel Loren renunciaron a verse envueltos en aquel sin sentido. El resentimiento de los Elfos de Elthin Arvan creció, pues eran sus tierras las que estaban siendo destruidas, sus hogares los que ardían hasta los cimientos y sus hijos los que perdían la vida. 

El reino de los Altos Elfos estaba en ruinas después de tantos miles de años de guerra y Caradryel, el rey fénix que ascendió al trono tras la muerte de Caledor Segundo, sabía que su gente no podría aguantar mucho más un conflicto como aquel, especialmente porque Malekith, el Rey Brujo, estaba preparando sus ejércitos para invadir Ulthuan. El rey fénix sabía que no podría mantener abierta una guerra por dos frentes, por lo que tomó la difícil decisión de retirarse del Viejo Mundo y abandonarlo a la suerte de los Enanos y a la cada vez más fuerte raza de los Hombres. Al Viejo Mundo llegó un decreto del rey fénix en el que se decía que no quedarían en aquellas tierras ejércitos para defender a los colonos y que todos ellos debían volver a su isla natal. La decisión fue acogida con alegría y en la siguiente década se produjo el éxodo del Viejo Mundo y las florecientes ciudades y torres de Elthin Arvan fueron abandonadas. 

Los Elfos que vivían a la sombra de Athel Loren ni siquiera llegaron a considerar la posibilidad de retornar a Ulthuan, ya que ninguno de ellos sentía lazo alguno con aquel lugar. Se declararon independientes del Trono del Fénix y tomaron el nombre de Asrai. Se habían mantenido fuera de la Guerra de la Barba tanto como les había sido posible, pero los Enanos campeaban envalentonados por el Viejo Mundo ahora que los Elfos habían abandonado sus ciudades y torres. Cuando las primeras nieves del invierno empezaron a caer, los Enanos abandonaron sus montañas y llegaron hasta Athel Loren, cuyos árboles empezaron a talar y quemar. Este vil acto enfureció al bosque. Enormes árboles milenarios despertaron de su letargo y, junto con las inclementes dríades, atacaron a los Enanos. 

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Sin embargo, el invierno es el período del año en el que Athel Loren es más vulnerable y los espíritus del bosque no tardaron en resultar vencidos. Athel Loren se retiraba de los Enanos y abría sendas que los dirigieran directamente hasta los asentamientos de los Elfos, los cuales, al ver que eran atacados, tomaron parte en el conflicto y respondieron a los Enanos con densas andanadas de flechas. Cuando los Enanos intentaban enfrentarse a su enemigo, los Elfos desaparecían entre los árboles y rodeaban a su lento y torpe rival para atacarle por un nuevo ángulo. Así, los Enanos eran derrotados una y otra vez a costa de la vida de ningún Elfo. Después de varias batallas entre los árboles, los Enanos restantes se retiraron con la creencia de que aquel bosque era sagrado y debía ser respetado.

El Nacimiento de los Elfos Silvanos.Editar sección

Tras su victoria, los Elfos empezaron a establecerse en el interior de Athel Loren, pues temían las represalias de los Enanos más que las del caprichoso bosque. En los siguientes años los Elfos se dividieron en pequeños grupos que pasaron a denominarse tribus o estirpes y en los que se agrupaban individuos con los mismos ideales y filosofía. Como cada estirpe tenía diferentes puntos de vista e ideologías, no tardaron en aflorar las disputas entre ellas y los Elfos de Athel Loren empezaron a separarse más y más y a tomar su propio camino. Cada una de estas tribus se adentraba cada vez más en el bosque. Curiosamente, parecía que el bosque hubiera dejado de oponerse a ellos y que incluso mostrara muchos de sus secretos a las diferentes tribus.

Unidades Elfos Silvanos Bailarines Guerreros Jinetes Halcón
Así sucedió que una errante estirpe de magos llegó hasta el Roble Eterno, en el corazón de Athel Loren. Este era el árbol más grande jamás visto, increíblemente anciano y retorcido por el paso del tiempo. Fue en este lugar donde uno de los Elfos, Ariel, habló con el bosque por primera vez. Al poco tiempo, varios magos elfos podían comunicarse con el bosque y los Elfos determinaron que Athel Loren había empezado a reconocerlos como una fuerza beneficiosa. Este hecho se hacía especialmente evidente durante los inviernos, tiempo en el que Athel Loren se quedaba dormido.

Fue así como los Elfos, siempre muy respetuosos con el entorno, pasaron a considerar Athel Loren su verdadero hogar. De hecho, trataban al bosque de la manera reverencial que este requería y empezaron a ver la esencia de sus ancestrales deidades en los diferentes ciclos anuales. Juraron no tomar del bosque nada sin retribuirlo en servicios y sacrificios y, de esta manera, se granjearon su confianza. Cuando los Elfos necesitaban madera para calentarse no tomaban más que ramas muertas del suelo y en primavera plantaban nuevos retoños y les daban forma para que conformaran bellos salones por encima y por debajo de la tierra. Aunque daban caza a los animales del bosque con la intención de alimentarse y vestirse, nunca mataban por placer y aprovechaban al máximo todos los recursos; eso sí, siempre después de agradecer a Athel Loren sus dádivas mediante ceremonias de sangre.

Aún hoy en día existe cierta tensión entre los Elfos y su hogar, puesto que aún conformandos entidades separadas en vez de una sola. La zona sudeste del bosque, un siniestro y temible lugar, permanece cerrado a los Elfos y ninguno de los que allí entran vuelve a salir. El gran señor de los árboles Durthu, cosido de cicatrices para siempre por las hachas de los Enanos, trata a los Elfos, a lo sumo, con una tensa diplomacia que roza en la hostilidad. Sin embargo, los destinos de Athel Loren y de los Elfos no tardarían en quedar irrevocablemente unidos. 

El Gran Consejo.Editar sección

Kindred of Laith-Kourn by Adam Lane Elfos Silvanos
Los Enanos volvieron a Athel Loren mil ciento veinticinco años antes del advenimiento de Sigmar. Llegaron en los meses de otoño, internándose desde las Montañas Grises directamente en los Pinares. Como se aproximaba el invierno, los espíritus del bosque empezaban a aletargarse y poca sería la resistencia que pudieran ofrecer contra el persistente enemigo. Además, las tribus élficas de los Pinares eran pequeñas y estaban desorganizadas. Aunque la primera incursión de los Enanos fue repelida, los jinetes de halcón trajeron consigo las nefastas noticias de que los testarudos Enanos se preparaban a millares para la guerra en las faldas de las Montañas Grises. Esta amenaza resultó tan grave que las diferentes estirpes decidieron llevar a cabo un concilio (el primero desde que los Elfos hiciesen de Athel Loren su residencia). 

Los grandes príncipes, nobles y señores, los biennacidos de entre los Elfos, se reunieron a los pies del Roble Eterno. Parecía que los propios árboles se acercasen para escuchar lo que allí se decía. Aunque no todas las tribus habían mandado representantes, se consideró una asamblea muy importante y en ella se tomaron resoluciones muy sabias. Los devotos del dios Loec, el Embaucador, llevaron a cabo sus danzas rituales y los videntes y profetas leyeron en alto las trazas del destino que podían entreverse en las estrellas y el fuego. En aquella atmósfera mágica, la hechicera Ariel se sintió atraída por Orión, el señor de la mayor y más renombrada tribu de cazadores. Orión era el Elfo más valiente y apuesto al igual que Ariel era la Elfa más sabia y justa. Mientras en el consejo se debatía cuál era la mejor manera de combatir a los Enanos, Ariel y Orión mantenían una conversación al margen, abstraídos de las importantes cuestiones que se discutían a su alrededor. 

Después de debatir durante muchas horas, los Elfos llegaron a la triste conclusión de que no eran suficientes como para enfrentarse con éxito a las hordas enanas que se preparaban para la guerra en las montañas. Fue entonces cuando Adanhu, el mayor y más anciano de los señores de los árboles, entró en el claro; algo que cogió desprevenido hasta al más agudo de los Elfos, pues ninguno de ellos había sentido siquiera su presencia hasta aquel momento. "Si los Elfos se van a enfrentar a los Enanos ahora", dijo el milenario árbol, "antes de que el otoño dé paso al invierno, el bosque combatirá junto a ellos, pues este peligro es una amenaza para todos". Animados por las palabras de Adanhu, los Elfos prepararon un plan de ataque sin prestar atención a las advertencias del milenario en las que les avisaba que de ellos se requeriría un gran sacrificio.

Cuando Adanhu se dirigió a los miembros del consejo, Ariel y Orión abandonaron el claro sin que nadie se diese cuenta y se adentraron en el bosque. Nadie notó su ausencia hasta varias horas después, cuando terminó el Concilio; pero esta ausencia provocó una gran irritación entre los Elfos, pues no se contemplaba la posibilidad de que dos Elfos de estirpes diferentes se enamoraran. Enfurecidos, los señores de los Asrai ordenaron que ambos amantes fueran encontrados y traídos a su presencia.

Matthew Starbuck Shadow Sentinel Forestales Eslfos Silvanos
Los Elfos buscaron a Ariel y a Orión por el bosque, en los alrededores del Claro del Consejo, durante varias horas, hasta que los rayos dorados del amanecer empezaron a brillar en las hojas. A pesar de sus capacidades innatas para la caza, los rastreadores no fueron capaces de encontrar señal alguna del camino seguido por los amantes y la ira de los príncipes se convirtió en preocupación. Cuando la esperanza de encontrarlos empezó a disminuir, los Elfos pidieron ayuda a Adanhu, pero el milenario árbol permanecía inmóvil y en silencio ante sus desesperadas súplicas. Los magos intentaron hablar con los árboles, pero ninguno de ellos respondía. Intentaron encontrar dríades, pero no había ninguna en el entorno. Al final, y con gran pesar, los nobles de los Asrai asumieron la pérdida de los amantes y volvieron a concentrarse en sus planes de batalla. 

Cuando el otoño dio paso al invierno, los Elfos Silvanos marcharon a las montañas que había más allá de los Pinares y atrajeron a los Enanos al combate. Tal y como Adanhu les había prometido, los Asrai no lucharon en solitario. Los Enanos debieron pensar que Athel Loren se mudaba, pues entre las filas del ejército de Elfos había cientos de arbóreos, y miles de dríades en sus flancos. Todos estos seres estaban comandados por el iracundo Durthu, que se mostraba tan implacable como una fuerza de la naturaleza, al tiempo que aprovechaba para vengarse de quienes le habían causado sus profundas cicatrices. Ni siquiera los tozudos Enanos podían resistir un ataque de estas proporciones y características, por lo que se retiraron a sus mansiones bajo la montaña. Pasarían cientos de años hasta que volvieran a importunar al bosque de Athel Loren, pero en el Libro de los Agravios hay numerosas referencias a la que ellos llaman la Batalla de Karaz-Zan. 

El Gran Invierno.Editar sección

Orcos Negros de David Hudnut
En cuanto el invierno cayó sobre Athel Loren, el viento helado que soplaba entre las ramas dejó ver que iba a ser uno de los peores jamás sufridos. El bosque se quedó en calma y los espíritus de los árboles y de la tierra quedaron aletargados. Pero no iba a ser un invierno silencioso más, en espera de la jovial primavera. Huestes de Orcos y Goblins, llevados por el hambre y la sed de sangre, abandonaron las montañas en las que se cobijaban y se internaron en Athel Loren, quemando árboles y cazando indiscriminadamente a las bestias del bosque. Los Elfos lucharon con valor, pero el espíritu de unidad nacido para combatir a los Enanos se había disipado y se vieron obligados a ceder terreno. Los Orcos estaban inmersos en una orgía de destrucción e hicieron gigantescas piras de árboles vivientes, cuyo humo oscureció el cielo. El solsticio de invierno pasó y la tierra se tornó tan dura como el hierro. Siniestros lobos campaban a sus anchas por el bosque en tanto que los Orcos avanzaban más y más. A pesar de los esfuerzos de los Elfos, los invasores pieles verdes no tardaron en llegar al claro en el que se alzaba el mismísimo Roble Eterno. 

Las hogueras de los campamentos orcos ardieron durante toda la noche. Mientras, los Elfos se preparaban para la batalla, pues pensaban que el destino del Roble Eterno determinaba el de todo el bosque. Aunque sabían que no podrían vencer a la horda de pieles verdes, los Elfos se prepararon a conciencia y decidieron que, si fuera preciso, morirían defendiendo su hogar. Cuando llegó la mañana, los Elfos comprobaron que el bosque había cambiado. Las nieves se retiraban y del duro suelo salían pequeños retoños. Los animales del bosque habían puesto fin a su hibernación y en el aire se podía oler el aroma de la inquietud, como si una terrible fuerza estuviera a punto de despertar. Los mismos Orcos notaban el renacer del bosque mientras se preparaban para la batalla. Entonces, el atronador sonido de un cuerno de caza resonó en el viento acompañado del ladrido de mastines y la algarabía de las aves de presa al alzar el vuelo. Inmediatamente después, una portentosa figura salió de entre los árboles seguida de cerca por un grupo de fantasmales perros de caza. Los Elfos no tardaron en reconocer la alta y musculosa figura del aterrador Kurnous, que cargó contra los Orcos empuñando su lanza con ambas manos. Kurnous despedía una energía primitiva que embargó a todos los Elfos y les transfirió con la furia y la potencia de su dios. 

Elfos Silvanos de David Hudnut
Kurnous se estrelló contra los Orcos y acabó con todos los que se interponían a su avance con un simple giro de su lanza, un arma que causaba unos destrozos como nunca antes se habían visto, mientras los acompañantes del dios atacaban raudos como el viento y las dríades, recién despertadas de su letargo, se arremolinaban a su alrededor para defenderle. Cuervos negros como la noche descendían de los cielos para sacar los ojos a los Orcos, cuya verde piel desgarraban los mastines con sus afilados colmillos. Los Elfos abandonaron sus posiciones y atacaron a los Orcos al ver que la encarnación de su dios no dejaba de abatir pieles verdes. En los ojos de los Elfos se reflejaba el furibundo poder de su dios al tiempo que mataban Orcos sin piedad. Cuando el sol empezó a esconderse en el horizonte, no quedaba ni un solo Orco vivo en el bosque y los Elfos estaban exhaustos tras llegar hasta el Roble Eterno siguiendo la estela de destrucción causada por su dios. Allí descubrieron las figuras de Ariel y Orión, ambas entronizadas y ahora con el aspecto de Isha, la diosa madre de los Elfos, y Kurnous, el Cazador. Las tribus organizaron un fastuoso festival para celebrar la coronación de Ariel y Orión, los Reyes del Bosque. 

Tras la batalla, Ariel utilizó sus poderes para reparar todo el daño ocasionado. El simple toque de sus manos regeneraba las zonas desoladas. Durante los meses de verano Athel Loren vivió en relativa calma, pues toda incursión era repelida por la furia de Orión. A muchos Elfos les fascinó el sonido de la cacería y decidieron acompañar al semidiós, quien les recompensaba llenando sus corazones con parte de su poder. Estos Elfos se convirtieron en los jinetes de Kurnous, la corte del Rey del Bosque, cuyo servicio y rituales mantenían vivo el espíritu del Cazador. Pero llegó el otoño y, mientras que los poderes de Ariel se mantuvieron igual de fuertes que en los primeros días de primavera, los de Orión fueron decayendo y su furia disminuyendo hasta que el invierno volvió a apoderarse del bosque irremisiblemente. 

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Cuando la nieve empezó a caer, en el Claro del Rey se construyó una gran pira cuyas llamas, una vez encendida, alcanzaban el cielo nocturno. Los jinetes de Kurnous y el propio Orión avanzaron hasta el claro y, como parte de un ritual que se repetiría a lo largo de los siglos cuando se acercaba la media-noche del primer día en el que el frío del invierno empezaba a sentirse, el rey de la Cacería Salvaje subió desnudo a la pira y dejó que las llamas consumiesen su cuerpo mientras elevaba sus brazos al cielo. El fuego ardió durante toda la noche y hasta que el sol invernal ocupó su lugar en el cielo sobre las Montañas Grises. Aparte de sus cenizas, no quedó otro rastro de Orión. Los jinetes de Kurnous recogieron las cenizas en silencio y las llevaron al Claro del Consejo, donde Ariel las recibió y las llevó consigo al Roble Eterno, en cuyo interior desapareció camino del otro mundo. 

Desde entonces, todos los años, cuando las nieves empiezan a retirarse y la primavera vuelve a sentirse en el ambiente, el bosque tiembla ante el inminente despertar de Orión. Los jinetes de Kurnous se acercan para escoltar al elegido a que se ponga el manto de Ariel. La elección de este Elfo se hace en secreto y está rodeada de un gran misterio. Los demás Elfos consideran un mal augurio atraer la atención de los jinetes de Kurnous. El día antes del equinoccio de verano, el Elfo elegido para convertirse en el nuevo rey de la Cacería Salvaje es engalanado con flores y su cuerpo se pinta con símbolos místicos antes de dejar que se encamine al Roble Eterno. A la mañana siguiente, el primer día de primavera, Ariel despierta de su letargo y el renacido Orión atruena el bosque al soplar el cuerno, dando por empezada, así, la Cacería Salvaje.

El Corruptor Despierta.Editar sección

Morghur Imagen
Décadas después del Gran Invierno, Ariel tomó conciencia de la existencia de quien acabaría por convertirse en su némesis, una presencia maligna y aborrecible. La existencia de este ser, que representaba todo lo contrario de lo que defendía Ariel, ofendía enormemente a la dama. Los Elfos llamaron a esta criatura Cyanathair, el Corruptor, aunque otras gentes la conocen como Morghur, el Señor de las Calaveras. Este ser arrasaba todo signo de civilización que encontraba a su paso y corrompía toda muestra de belleza. Era una retorcida criatura, una mezcla de ser humano y bestia, y Ariel descubrió que se trataba de un inmortal espíritu del Caos cuya única razón para existir era corromper, estropear y causar daño. Los Elfos Silvanos odian a esta criatura por encima de cualquier otra. Cyanathair corrompe, distorsiona y convierte en algo vil todo lo que sus pezuñas tocan; su aliento agosta los árboles más sanos y su mirar torna negra la hierba. 

Ariel sintió la mancha de este ser al igual que él sintió la presencia de ella en el mundo y la clasificó como rival. Fue entonces cuando los Hombres Bestia empezaron a internarse en Athel Loren talando y quemando. Estas primeras incursiones fueron fácilmente rechazadas por los Elfos Silvanos y los espíritus del bosque, pero no tardó en hacerse evidente que aquello solo había sido el principio. 

Por esta época, los humanos empezaron a cruzar las Montañas Grises y a asentarse en las tierras que más tarde llamarían Bretonia. Hacía tiempo que los Elfos habían abandonado este lugar, y de su paso no quedaban más que elegantes construcciones, muchas de las cuales habían sido destruidas y quemadas por los pieles verdes, que habían campado a sus anchas por la zona tras la retirada de Elfos y Enanos. Los supersticiosos e ignorantes bárbaros evitaban acercarse a estos lugares, pues decían que estaban encantados. Las primeras tribus bretonianas, fieras y belicosas, limpiaron de Orcos y Goblins estas tierras a la vez que combatían entre sí por la supremacía. Pocos fueron los que sobrevivieron a los primeros intentos de entrar en Athel Loren y, de estos, muchos perdieron el seso. Athel Loren pasó a formar parte de la sabiduría popular de estos humanos, que lo consideraban un lugar místico y evitaban entrar en él a menos que fuera realmente imprescindible.

El maldito Cyanathair intentó entrar en Athel Loren por primera vez dos siglos después de la llegada de los bretonianos. En respuesta a su silenciosa llamada, llegaron miles de Hombres Bestia y multitud de criaturas con terribles mutaciones. Todos estos seres, que habían recorrido cientos de kilómetros para luchar a su lado, se reunieron en torno a Morghur, como era voluntad de los dioses del Caos. Allí había seres que venían de bosques de más allá de las Montañas Grises, de las apestosas cavernas de las Cuevas y el Cerro del Orco y de los bosques de Arden y Charlons. Así es como empezó la primera de las grandes batallas que ha habido entre estas dos razas desde entonces, un conflicto que sigue aún hoy en día y que se conoce como la Guerra Secreta. 

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Durante muchas estaciones, Athel Loren se vio envuelto en una guerra sin tregua mediante la que Morghur intentaba desposeer a Ariel de su poder y dejar el bosque malherido y moribundo. Parte de la primitiva naturaleza de Morghur se puso en contacto con el bosque y ciertas partes de Athel Loren llegaron a rebelarse. Durante un largo año, el orden natural del bosque consiguió ser alterado, y parecía imposible acabar con la vida de Cyanathair, al menos con las armas de las que gozaban los Elfos, pues la bestia siempre se recuperaba hasta de la más incapacitante de las heridas, ya hubiera sido causada por una flecha o por la poderosa lanza de Orión. Y lo peor de todo: algunos árboles y espíritus de Athel Loren sucumbían a la mancha de Cyanathair. En innumerables ocasiones se encontraron los Elfos desprovistos de la victoria contra las bestias debido a que Cyanathair había conseguido en última instancia apoderarse de la voluntad de los árboles y espíritus que hasta aquel momento habían sido sus aliados. Aunque esta hipnosis no era perpetua, parecía tener un profundo y duradero efecto, especialmente en las dríades, cuya caprichosa y maliciosa naturaleza solo podían controlarla los hombres árbol. 

Este terrible conflicto no acabó hasta que Cyanathair fue herido de muerte en la Batalla de la Angustia. Esta batalla tuvo lugar en el Llano del Roble Partido, donde aún quedan signos de la muerte de Cyanathair. Coecidil, uno de los más ancianos señores de los árboles, asió a Morghur con todas sus fuerzas y, cuando este intentaba liberarse, Ariel invocó todo su poder y le asestó un golpe que rompió todas las defensas del animal y partió en dos pedazos su mutado cuerpo (mientras que Coeddil parecía no haber sufrido daño alguno). Un gigantesco y ennegrecido roble retorcido y siniestro con ramas como garras marca el lugar exacto en que murió Cyanathair, el lugar en el que se derramó su corrompida sangre. Sin embargo, las lágrimas de Isha no tardaron en rodar por las bellas mejillas de Ariel, pues esta pudo sentir cómo la bestia renacía en otro bosque, más allá de las montañas, nada más morir. Parecía que no sería tan fácil destruir a Cyanathair. 

A lo largo de la historia, los Elfos Silvanos han dado muerte a esta pérfida criatura en otras dos ocasiones; una de ellas a manos de Scarloc y sus exploradores y la otra por obra del anciano Durthu, un milenario de mudable carácter. Pero este ser siempre ha renacido en algún otro sitio, deseoso de corromper Athel Loren y transformarlo en un lugar de pesadilla cuya corrupción acabe extendiéndose por todo el Viejo Mundo.

La Traición.Editar sección

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Quinientos años después de la Batalla de la Angustia, Athel Loren volvió a verse envuelto en una guerra interina. Coeddil, un señor de los árboles que, enloquecido quizá por la mancha de Cyanathair, había empezado a albergar un gran resentimiento hacia los Elfos, decidió interrumpir el retoñar de Orión. Aquel invierno, Coeddil y las dríade a su cargo tomaron la decisión de no abandonarse al letargo y esperar a que Ariel hubiera iniciado su largo y profundo sueño en el interior del Roble Eterno. Cuando la mayor parte del bosque se quedó dormida y desprevenida, el milenario llegó al Claro del Rey y acabó con la vida de todos cuantos allí encontró, ya que, si no había jinetes de Kurnous para efectuar el ritual del retoñar, Orión quedaría lo suficientemente debilitado como para ser incapaz de retornar. Aunque los jinetes de Kurnous lucharon con valor, estaban ateridos por el invierno y sus armas no pudieron traspasar la dura corteza de Coeddil. 

Ariel despertó de golpe en cuanto la sangre de los Elfos empezó a ser derramada en el claro. Enfurecida, se levantó y se dirigió adonde los jinetes de Kurnous luchaban por sus vidas. Coeddil y sus seguidores no podían enfrentarse al poder de Ariel, y las dríades se vieron forzadas a huir. Aunque de buen grado habría eliminado a los espíritus traidores debido al daño que habían causado y a la sangre que habían derramado, Ariel no podía acabar con su existencia sin acabar con parte de su propia alma, pues, al igual que Ariel, Coeddil formaba parte de Athel Loren. En vez de ello, expulsó al árbol y a sus dríades a uno de los más sombríos y salvajes rincones de Athel Loren, un lugar al Sudeste en el que no habitaba ningún Elfo: el Bosque Salvaje. A continuación, rodeó el lugar con monolitos sagrados y confinó allí a Coeddil, prisionero para siempre en aquellas siniestras arboledas por culpa de la traición cometida. Desde entonces, ningún Elfo ha puesto un pie en la cárcel del milenario, pues hacerlo es aceptar a la muerte como compañera de viaje. Coeddil contempla su destino en silencio, pero sus doncellas han enloquecido a causa del exilio sufrido y vagan por las sendas de su prisión imbuidas del más profundo de los odios. 

Los Bretonianos.Editar sección

Forestales Elfos Silvanos cazando Bretonianos
Durante los siguientes mil años, los Elfos Silvanos vivieron aislados, ocupados en curar las heridas que los Hombres Bestia habían causado a Athel Loren y en segar la vida de todos aquellos que se atrevían a entrar en su reino. Las tribus bretonianas ya se habían instalado en las tierras que rodeaban el bosque y a los Elfos Silvanos les agradaba la situación, puesto que parecía que hubieran encontrado un nuevo aliado, que se encargaba de proteger la zona oeste del bosque. Pero este tiempo de relativa paz llegó a su fin cuando los pieles verdes, una constante y peligrosa amenaza, abandonaron las cuevas de sus montañas y efectuaron un ataque masivo contra los bretonianos. Los lindes de Athel Loren eran asaltados una y otra vez y las fuerzas defensoras estaban exhaustas, al límite. Parecía que los bretonianos fueran a desaparecer, pues su pueblo estaba compuesto por tribus divididas y los Orcos las atacaban una a una. La profetisa Naieth escrutó el futuro y descubrió que la supervivencia de Athel Loren pasaba por la de estos humanos que tenían por vecinos. Pero las fuerzas enemigas que se internaban en el bosque eran tan numerosas que los Elfos no podían destacar ninguno de sus defensores en ayuda de los bretonianos. 

Fue entonces cuando la Dama del Lago se apareció a un joven señor bretoniano: Gilles el Bretón. La visión llenó el corazón de Gilles de fuerza y fiera resolución, y el hombre unificó las tribus bretonianas que quedaban en pie y batalló sin descanso contra los Orcos hasta que los hubo expulsado a todos. Guiado por las visiones de su diosa, cabalgó hasta la entrada en llamas de Athel Loren para combatir a los enemigos que asaltaban el bosque. Los Elfos Silvanos abandonaron el bosque y se unieron a él en la lucha y, juntos, consiguieron derrotar a sus oponentes. 

Tras aquello, se formó una tensa alianza entre bretonianos y Elfos Silvanos, pues todo el mundo conoce el carácter impredecible y receloso de estos últimos. El rey Louis el Temerario, hijo de Gilles, formalizó la alianza entre ambos pueblos y organizó, para celebrarlo, un gran banquete al que asistieron varios emisarios de los Elfos Silvanos. Se dice que uno de estos emisarios permanece disfrazado en Bretonia desde entonces.

Elfos Silvanos Águila Gigante Bretonianos
Aunque no ocurre a menudo, no es de extrañar que los Elfos Silvanos de Athel Loren luchen junto a las gentes de Bretonia, tras lo que vuelven a desaparecer en el denso bosque. A pesar de todo, los bretonianos siguen considerando Athel Loren como un lugar temible y encantado (y no les falta razón). Hay muchas noches del año en las que los humildes bretonianos no se atreven a salir de sus casas, sino que se encierran en ellas y rezan a la Dama del Lago para que los proteja, pues temen que Orión les dé caza o que los maliciosos espíritus del bosque los atraigan hasta la floresta y nunca puedan volver a sus casas. A pesar de tantos peligros (o quizá por ellos), muchos caballeros entran en el bosque para cumplir una búsqueda o demostrar su valor. La mayoría de ellos nunca vuelven.

La Batalla de los Pinares.Editar sección

En el año 1350 del Calendario Imperial, una expedición enana dirigida por Grungni Buscaoro descendió de las Montañas Grises y entró en Athel Loren. Los Elfos consideran a los Enanos unos seres destructivos, ambiciosos, criaturas que se han olvidado de la belleza de la naturaleza, que queman los bosques para alimentar los mecanismos de sus máquinas y que dedican su vida a excavar la tierra en busca de piedras y metales preciosos. Mientras Buscaoro y sus guerreros llegaban hasta los Pinares, el noble elfo Findul reunió a sus tropas escuchando a su corazón, que ardía de odio.

Silvanos vs Enanos
Los Elfos recibieron a los Enanos con una lluvia de flechas, algo que enfureció al orgulloso Grungni. El Enano, que quería enfrentarse a su enemigo cara a cara, ordenó a sus tropas crear una muralla de escudos y avanzar hacia la línea de batalla de los Elfos. Los Enanos se acercaban más y más al barranco. Los matadores pintados con colores vistosos corrían hacia los Elfos, sumergiéndose así más y más en el bosque, donde eran abatidos uno a uno sin que llegasen a acercarse siquiera a su enemigo. Los magos elfos aseguraron que la retirada de los Enanos era inminente, pues el propio bosque cerraba filas tras los Enanos en la bien orquestada trampa. En cuanto Grungni entendió que estaba rodeado, intentó organizar una formación mediante la que pudieran resistir al ataque, pero su final estaba muy próximo. Los Enanos fueron cayendo poco a poco víctimas de las flechas de los Elfos Silvanos. El último Enano que quedó con vida fue Grungni, que, rodeado de los cadáveres de los suyos, gritaba y maldecía enfurecido. Las hermanas gemelas, las legendarias Naestra y Arahan, fueron las que pusieron fin a su vida clavándole una flecha en cada uno de sus ojos. Ahora, los huesos de aquellos expedicionarios enanos adornan los nidos de las majestuosas águilas gigantes y los de los halcones que viven en lo alto de esta zona. 

La Batalla de los Túmulos.Editar sección

Vampirines4
Dispersos en las afueras de Athel Loren hay incontables túmulos funerarios. Algunos de ellos fueron construidos por los primeros Elfos que habitaron en los lindes del bosque, aunque en la mayoría de ellos están sepultados los primeros bárbaros que habitaron la zona. En estos túmulos, que poco a poco irá reclamando el bosque como suyos, hay enterrados artefactos de inconmensurable poder e incalculable valor y, aunque los Elfos respetan estos lugares y el descanso de sus ocupantes, son muchos los avariciosos ladrones de tumbas ansiosos por saquearlos, con lo que los Elfos Silvanos se ven obligados a enfrentarse a ellos constantemente. A veces, sin embargo, estos intrusos profanan los túmulos por razones más siniestras que la avaricia. 

En el invierno de 2495, un malvado ser intentó apoderarse de todo lo que había en estos túmulos. Esta criatura, odiada, maldecida y menospreciada por los Elfos Silvanos, era Heinrich Kemmler, un nigromante de indescriptible poder. Kemmler, un taimado adversario, calculó con esmero el cruce de las lunas gemelas por los cielos nocturnos y llevó a cabo un ritual siniestro en el equinoccio de invierno, cuando Athel Loren está más debilitado. Los portales de todos los túmulos sembrados por los páramos que rodeaban el bosque se abrieron de par en par y de ellos salieron los fríos y esqueléticos cuerpos de guerreros sin vida para conformar un terrible ejército. 

El cielo se llenó de buitres, que seguían la marcha del ejército de No Muertos a través de la nieve hacia Athel Loren. Las temibles dríades invernales, rencorosos seres con aspecto de bruja, atacaban al ejército de Kemmler a cada paso que daba y los forestales disparaban sus certeras flechas antes de desaparecer nuevamente tras los árboles. Pero no eran suficientes para detener a los No Muertos. 

Guardia eterna
Al final se produjo una gran batalla en uno de los mayores claros que hay en las profundidades de Athel Loren. Miles de estoicos guardianes eternos avanzaban contra el enemigo dirigidos por Sceolan mientras los jinetes del bosque cabalgaban en los flancos del ejército. Ythil Ojo de Halcón y los de su tribu, montados a lomos de bellos halcones, descendían de los cielos una y otra vez para cargar contra los guerreros no muertos. Muchos fueron los Elfos que perdieron la vida en aquel aciago día, pero el avance de los No Muertos fue detenido y Kemmler se vio obligado a huir. Este ha sido, hasta la fecha, el ataque que más lejos ha penetrado en Athel Loren, por lo que los Elfos Silvanos tienen una enorme sed de venganza y el hipotético retorno del nigromante les mantiene siempre en guardia. 

En las décadas que han seguido a la derrota de Kemmler, Athel Loren ha conocido una calma relativa, pues al Norte se han desarrollado grandes batallas que parecen ser el heraldo de grandes conflictos. No cabe duda de que la tranquilidad no durará mucho tiempo, ya que, mientras sigan con vida seres como Cyanathair, Kemmler y muchos otros de los que ansían el poder del bosque, Athel Loren no podrá descansar en paz.

Ver Artículo: La Batalla de los Túmulos

Fuente.Editar sección

  • Libro de Ejército "Elfos Silvanos" 6ª Edición.

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